
Sus autores trabajaron en veinte cuentos cortos bajo la misma premisa: narrar el fin del mundo desde diferentes perspectivas y estilos.
El resultado salió a la luz en noviembre de 2009, te invitamos a conocerlo.

Por enésima vez acudo al IMSS, una dermatitis crónica que no entra dentro de mi seguro de gastos mayores me obliga a levantarme temprano, hacer fila, esperar pacientemente un mes para que me den cita, otro más para entregar una muestra de orina y hoy dos horas y media de pie para otorgarles mi sangre.
Evito hablar con los extraños de la fila, no me interesan sus historias, lo siento no estoy en horas de trabajo. Percibo entonces que mi bajísimo nivel de glucosa (necesario venir en ayunas decía la solicitud de laboratorio) me dotan de la más cínica misantropía. Detesto a la recepcionistas menopáusicas enfundadas en sus trajes pistacho; a los ancianos de ojos vidriosos que aun esperan el reparto agrario; a los que están en el módulo del Afore hablando de tasas anuales favorables cuando a leguas se percibe que todo en su vida ha sido déficit; detesto a todos pero ganas me faltan para arremeter contra ellos, enfilo la vista a un libro de Bolaño, intento leer pero una profunda nausea repta por mi conciencia, cierro el título, no puedo permitirme leer a Bolaño con asco.
Mujeres embarazadísimas como mis deudas se amontonan en una línea paralela a la mía, un niño bastante peludo como para ser humano, da vueltas alrededor de su inflada progenitora, el cabroncito hirsuto mueve los brazos tan arrítmicamente que me llena de espanto, -tiene epilepsia- advierto a su madre, hace como que no me escucha-oiga, tiene epilepsia- le grito mientras le señalo al amasijo de pelos que ahora oprime contra su cuerpo. Por fortuna la fila avanza, escucho mi nombre, me ponen el elástico, pinchan mi vena, brota entonces mi sangre, más que roja negra, no es la primera vez que la veo en cambio, es la primera ocasión que sangro a voluntad.
Salgo al fin triunfante de la clínica, más resuelta y animada, soy enemiga de la comida callejera, aunque la visión nublada y un cosquilleo en las puntas de mis dedos me hacen cambiar de opinión aunque sea por una vez, llego a uno de los ambulantes, el puesto más humeante y apetitoso. Déme lo que sea, ¡pronto! me acercan un plato, devoro y me sumo en esa plácida letanía que procede al que sabe que ha perdido la mitad del día.

No voy a escribir sobre los "narcomensajes" dejados sobre los tres tambos con ácido en el que fueron depositados restos humanos, tampoco la adevertencia sobre los cadáveres de ayer o los dos de hoy amedrentando al Duarte Mujica, para eso consúltese cualquier medio tijuanense.
El problema de la inseguridad es multifocal, los morritos de la Alemán poco están enterados de ello, es más fácil aspirar a ser “pollero”, pero de los chingones, que asegurarse una carrera universitaria (que siendo honestos no sirve de mucho).
Una compañera de la redacción (omitiré nombre) me dijo con llanto y todo que le hubiera gustado estar en el mitote en la Plaza de la Constitución, creo que se quedó callada cuando le preguntaron si sabía que la firma del Acuerdo Nacional por la Seguridad y la Legalidad no proponía nada interesante y ratificaba programas por demás obsoletos, asimismo, creo que enjugó sus lágrimas cuando le dijeron que la remoción de agentes policíacos era por demás ineficiente si no se tenían programas de prevención del delito, pero sé de cierto que abandonó la sala cuando le preguntaron por qué la ciudadanía hacía sus mayores esfuerzos para evitar la mayoría de edad y en lugar de ello exigía cacería de brujas.
Si insisten en dar cuello a los polis y funcionarios como único remedio a la corrupción porque no lo sometemos a voto, podemos usar la misma mecánica para calificar a los “políticos más guapos” se podría evaluar la eficacia de cada uno. Al final de la semana el que obtenga menos votos se larga con una patada en el trasero. Yo ya tengo a mis favoritos.
Richard Stallman (San InGNUcio en el ITT). Dejó un bonito mensaje a la comunidad:
Cecyte de bulevar Insurgentes en plena construcción; mientras se habilitaban los servicios de alumbrado y drenaje, los alumnos debieron tomar clases a la luz de una vela en el turno vespertino y hacer sus "necesidades" en letrinas improvisadas con la prohibición expresa de defecar en ellos. Falta la foto del letrero NO CAGAR AQUÍ
Y bueno, algunos preferían cruzar el baldío de junto, brincar sobre ratonejos, sortear junkies y homeless desperdigados por el rellano para utilizar los servicios sanitarios del restaurante de comida rápida más cercano.